—Quizá no sospechase siquiera la posibilidad del peligro—contestó Lorry.

—Lo que, a juicio mío, sería circunstancia altamente alarmante, visto lo identificado que está con su yerno.

—Es verdad—contestó Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la mano y mirando a Carton con expresión de abatimiento.

—En suma—continuó Carton:—cuando se entabla una partida desesperada y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir también a medidas desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar, que yo manejaré, mientras, las de perder. Empeñe el doctor la partida encaminada a sacar a su yerno de la Conserjería; que yo, mientras tanto, jugaré otra independiente y con vistas a encerrar a un amigo en la Conserjería. El amigo que me propongo encerrar, señor Barsad, es usted.

—Muy buenas cartas tendrá usted que reunir para ganar ese juego, replicó el espía.

—Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe usted, señor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo agradecería.

Fuéle servido el licor, del que tomó dos copas consecutivas.

—El señor Barsad—dijo, separando la botella y hablando como si en la mano tuviera una colección de cartas,—mirlo del verdugo, emisario de los comités republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre espía y soplón secreto, cuya valía aquí aumenta considerablemente por la circunstancia de ser inglés, y por tanto, menos expuesto a sospechas que ningún francés, se presenta a los mismos a quienes sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El señor Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francés, sirvió, no ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrático inglés, enemigo jurado de Francia y de sus libertades; me parece que acabo de enseñar otra carta que difícilmente se falla. Si ahora entramos en el terreno de las sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol, sospecha que expresaré con las palabras siguientes: el señor Barsad, soplón asalariado del Gobierno aristocrático inglés, lo es al mismo tiempo de Pitt, enemigo artero que herirá a la República en medio del corazón, inglés traidor, agente, instrumento, autor de todas esas indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar. Este es un triunfo que casi asegura la partida. ¿Va usted siguiendo mi juego, señor Barsad?

—Voy haciéndome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro cómo piensa usted jugarlas—contestó el espía visiblemente intranquilo.

—Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado Barsad ante el Comité del distrito más próximo. Vea usted sus cartas, Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre.