Tomó de nuevo la botella, se sirvió otra copa, la bebió con calma imperturbable y esperó. Vió que el espía temía que de las libaciones resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor, se sirvió y apuró la cuarta copa.
—Tómese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la partida a la primera jugada.
Era Barsad adversario más débil de lo que Carton había supuesto. A decir verdad, en su juego tenía cartas muy malas, y él lo sabía, aunque no lo supiese Carton. Sabía, por ejemplo, que, destituído de su honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas cometidas en el ejercicio de aquél, atravesó el Canal y ofreció sus servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para tentar y sonsacar a sus compatriotas, y más tarde, para tentar y sonsacar a los franceses. Sabía que, durante el gobierno derribado, estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de Defarge; que recibió de la policía los datos necesarios acerca del cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales creyó que conseguiría hacerse amigo confidencial de los Defarges, aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones, el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre recordó con terror que aquella tabernera terrible había hecho calceta mientras él intentaba sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le miraba con expresión sombría mientras sus dedos se movían vertiginosos. Habíala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Sabía, como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su cabeza rugía a todas horas la tormenta; que su cabeza corría peligro, que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patíbulo. No bien le denunciasen, fulminando contra él todos o parte de los gravísimos cargos que acababan de insinuarle, comprendió que aquella formidable mujer, de cuyo carácter implacable había visto pruebas sobradas, exhibiría el registro fatal que disiparía la última posibilidad de salvación. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento, hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprenderá la la disposición de ánimo en que quedó Barsad.
—Parece que no son muy de su gusto sus cartas—dijo Carton con la calma de siempre.—¿No juega usted?
—Creo, señor—respondió Barsad, volviéndose hacia Lorry y hablando con humildad rastrera,—que me veo en el caso de solicitar de un caballero de sus años y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro caballero, mucho más joven que usted, que desista de jugar la carta de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espía, y reconozco que el oficio a nadie honra, aunque me admitirán ustedes que alguno ha de desempeñarlo; pero este caballero no es espía, este caballero no es delator; y puesto que ahora no lo es, ¿que necesidad tiene de serlo en lo sucesivo?
—Jugaré mi carta, señor Barsad—dijo Carton, sin esperar a que contestase Lorry,—sin el menor escrúpulo y dentro de cinco minutos.
—Yo había dado cabida a la esperanza, señores, de que, por consideración a mi hermana...
—El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para siempre de un hermano como usted—replicó Carton.
—¿Lo cree usted así, señor?
—Estoy convencidísimo de ello.