El espía, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria de ser, recibió golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que siempre fué un misterio para hombres más honrados y más listos que él, que vaciló, tembló, y se dió por perdido. Mientras desconcertado, estupefacto, callaba sin saber cómo salir del atolladero, repuso Carton:

—Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena como las enumeradas, de la que no había hecho mención. ¿Quién es aquel colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado paciendo en las cárceles?

—Es un francés; no le conoce usted—respondió vivamente el espía.

—¿Francés, eh?—exclamó Carton, como si no pensase en lo que estaba diciendo—puede ser.

—Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos—dijo el espía.

—Aunque eso es lo de menos...—repitió Carton como maquinalmente—aunque eso es lo de menos... Sí... es lo de menos... Pero es el caso que yo conozco esa cara.

—Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible...

—No es posible...—murmuró Carton, llenando por quinta vez su copa, que por fortuna era pequeña.—No es posible... Habla francés con corrección... pero con acento ligeramente extranjero...

—Acento provinciano—explicó el espía.