—¡No! ¡Acento extranjero!—replicó Carton, descargando un puñetazo sobre la mesa.—¡Es Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero el mismísimo Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey.

—Se arrebata usted con facilidad, señor—dijo Barsad con sonrisa que acentuó la inclinación hacia un lado de su nariz aguileña,—lo que pone en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no tengo inconveniente en confesarlo, murió hace una porción de años. Le cuidé yo mismo durante su última enfermedad. Fué enterrado en Londres, en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompañé hasta el cementerio, porque temí a las muchedumbres, pues mi amigo y colega tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayudé a los que le encerraron en el ataúd.

De pronto Lorry vió proyectada en la pared la sombra de un trasgo o cosa análoga. Volvió la cabeza buscando el origen de la proyección, y con sorpresa que no es para ser descrita, advirtió que estaba en la cabeza de Jeremías Lapa, cuyos cabellos, semejantes a aceradas púas, se habían puesto de punta.

—Póngase usted en razón, señor, y no se deje engañar por suspicacias que no tienen base racional—repuso el espía.—Para demostrar a usted cuán engañado está, y la ninguna base de su suposición, voy a presentarle un certificado en regla de la defunción de Cly, certificado que siempre llevo en el bolsillo. Tómelo usted—añadió, ofreciendo a su interlocutor un papel doblado.—¡Léalo, léalo... tómelo en sus manos, examínelo con detenimiento... no es falso, no, sino auténtico y muy auténtico!

Lorry observó que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era que Lapa se había levantado del asiento y se aproximaba al espía, a cuyo lado se colocó sin ser visto ni oído por él. Poniendo su diestra sobre el hombro de Barsad, preguntó:

—¿Conque fué usted el que puso a Rogerio Cly dentro del ataúd?

—Yo fuí; sí.

—¿Y quién le sacó de él?

Barsad, echándose sobre el respaldo de su silla, balbuceó: