—¿Qué significan sus palabras?
—Significan—contestó Lapa—que el cadáver de Cly nunca estuvo dentro del ataúd. ¡No... y no! ¡Que me corten la cabeza si estuvo!
El espía miró alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez, contemplaban con estupefacción infinita a Lapa.
—Y añado—repuso Jeremías Lapa—que enterrasteis adoquines de calle y tierra dentro de aquel féretro. No me venga aquí con monsergas ni con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos hombres más, sabemos muy bien lo que había dentro del ataúd.
—¿Pero cómo lo sabe usted?
—¿Y a usted qué le importa?—gruñó Lapa.—Hace mucho tiempo que aborrezco a usted, sí, señor, porque hasta en asuntos tan graves como la muerte se atreve a engañar a menestrales honrados que sólo ambicionan trabajar. ¡Sepa usted, señor mío, que por menos de media guinea lo agarraría por el pescuezo y lo estrangularía!
Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro había llegado al colmo, rogaron a Jeremías Lapa que se moderase y que les explicase lo que para ellos era enigma de imposible solución.
—Otro día lo haré, señor—replicó Lapa, poco propicio a dar las explicaciones que se le pedían,—que no es esta ocasión conveniente para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que ese individuo sabe muy bien que Cly no pensó nunca en ser encerrado en aquel ataúd. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo.
—¡Hum!—gruñó Carton.—Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aquí en París, donde se respira la atmósfera de las sospechas, bien seguro es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene relaciones estrechas con otro espía aristócrata de su misma calaña, sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones contra la República fraguadas por extranjeros que la República tiene a sueldo... ¡Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la Guillotina, Barsad. ¿No juega usted?
—¡No! ¡No juego!—contestó el espía.—¡Me rindo! Confieso que nos habíamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logré escapar de Inglaterra donde corría riesgo de ser ahorcado, y Cly se vió tan comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires habría podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. ¿Cómo lo averiguó?