—No se caliente usted los cascos, señor mío—contestó Lapa—Harto hará con prestar atención a lo que éstos caballeros le dicen. Pero no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias manos.
El mirlo del verdugo se volvió hacia Carton, y dijo con decisión que hasta aquel instante no había tenido:
—Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme más. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposición; ¿tiene la bondad de formularla? Principiaré por decirle que no me pida grandes cosas, que no pretenda exigirme nada que esté reñido con mi cargo, nada que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de un consentimiento. Antes habló usted de una partida desesperada; ya estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como el que más. Otra cosa; sin el menor escrúpulo delataré a usted si veo que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no pierda usted de vista, dígame qué desea de mí.
—Muy poca cosa. ¿No es usted calabocero de la Conserjería?
—En vez de contestar su pregunta, le diré que no hay escape posible—replicó con entereza el espía.
—Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar.
—Lo soy algunas veces.
—¿Puede serlo cuando quiere?
—Puedo entrar y salir de la Conserjería cuando quiero.
Carton llenó otra copita de licor, la vertió gota a gota en el suelo, y al cabo de algunos instantes de reflexión dijo: