—Hasta aquí, hemos hablado en presencia de estos dos señores, porque me convenía que alguien, además de nosotros dos, tuviera noticia del valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe quedar entre usted y yo. Acompáñeme a esa habitación, donde cambiaremos las pocas palabras que faltan.

IX.
HECHO EL JUEGO

Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry contemplaba a Jeremías Lapa con recelo manifiesto y profunda desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la robustez de todas; examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa, que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca, acompaña a la franqueza perfecta de carácter.

—¡Jeremías!—exclamó de pronto Lorry.—¡Venga usted acá!

Aproximóse Lapa caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.

—¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco?

A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestó Lapa:

—He sido agricultor.

—Abrigo fundados temores—replicó Lorry, moviendo con fiero ademán la mano—de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es, no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe conocerlo Tellson, y lo conocerá.

—No puedo creer, señor,—contestó con humildad Lapa—que un caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido, se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista, puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes? ¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señora Lapa que se pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fúnebres, lo que no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted.