—¡Uf!—exclamó Lorry—¡Me horroriza verle a usted!
—El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted, aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo sea, es...
—¡No venga usted con embustes!
—No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea, porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor Lorry—añadió Lapa, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano,—lo que yo deseo ofrecer a usted.
—¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras, me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me convencen.
Salieron en aquel instante Carton y Barsad.
—Adiós, Barsad—dijo el primero;—quedamos entendidos. Nada tema de mí.
Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó.
—¿Qué han hecho?
—Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán hacerle una visita; nada más.