El desaliento de Lorry se acentuó.

—No puedo hacer más—repuso Carton.—Pedir demasiado, equivalía llevar a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos conseguido.

—Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es salvarle—objetó Lorry.

—Nunca dije que le salvaría—replicó Carton.

Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.

—Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos—dijo Carton con voz alterada.—Perdóneme si he sido portador de una noticia que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos su dolor que respetaría el de mi padre.

Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano a su interlocutor, quien la estrechó con efusión.

—Volviendo al pobre Darnay—repuso Carton,—diré que no es conveniente que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener, ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la sentencia.

No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores, volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su pensamiento.

—Pensaría tal vez eso—añadió Carton,—y podría sospechar mil otras cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada.