—Voy ahora mismo.

—De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora?

—Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.

—¡Ah!

Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro.

—¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?—preguntó Carton al cabo de breves segundos.

—Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a París. Pensaba marchar muy pronto; pero...

Ambos quedaron silenciosos.

—Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?—preguntó Carton, sin duda por decir algo.

—He cumplido los setenta y ocho años.