—Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh?

—Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.

—Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le echarán de menos cuando deje vacante ese puesto!

—No lo crea usted—replicó Lorry moviendo la cabeza—¿Quién ha de verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como yo?

—¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija?

—Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo que decía.

—Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias; ¿no es cierto?

—Mucho, sí... de acuerdo.

—Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad?

—Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos.