Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato pensativo, y al fin, dijo:
—Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez, ¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de su dulce madre?
Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le embargaba, contestó:
—Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas.
—Lo comprendo—exclamó Carton enrojeciendo vivamente.
—Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos, ¿verdad?
—En efecto; me producen una sensación de pesar dulce.
Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor.
—Usted, en cambio, es muy joven—repuso Lorry, volviendo al mismo tema.
—Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que llevan a la vejez.