—¿Va usted a salir?—preguntó Lorry.
—Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa, esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa asistir mañana a la vista de la causa?
—Con harto dolor de mi alma tendré que asistir.
—Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo?
Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse junto a la puerta cerrada.
—Ella sale todos los días por aquí—se dijo Carton;—toma aquella dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus pasos!
Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba tranquilo su pipa frente a su establecimiento.
—Buenas noches, ciudadano—dijo Carton, observando que el aserrador le dirigía miradas inquisitivas.
—Buenas noches, ciudadano.
—¿Qué tal anda la República?