—¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés.
—Buenas noches, ciudadano.
—No dejes de ir a ver al amigo Sansón.
Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta estaba cerrando en aquel momento el droguero.
Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con lápiz.
—¡Demonio!—exclamó el droguero.—¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano?
—Para mí.
—¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las consecuencias de la mezcla?
—Perfectamente.
El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la calle.