Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto, la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban siempre.

Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron, y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el cetro amarillento de la Muerte.

La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar.

—¡Como yo!—murmuró Carton.

Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo. Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor Manette, allí encontró a ella, sentada junto a su padre.

Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él, prodújole los mismos efectos que al prisionero.

Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.

El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra, un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar la pieza.

Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos: