—Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta, que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley. Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.
—¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?—preguntó el presidente.
—¿Quién la hizo?
—Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.
—Muy bien.
—Teresa Defarge, mujer del mencionado.
—Perfectamente.
—Alejandro Manette, médico.
Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor, pálido como un cadáver y temblando como un azogado.
—Presidente—gritó,—protesto indignado contra la ruin mentira que acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija, y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa mentir con tanto descaro?