—Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto como la República.
Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosiguió con calor:
—Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber sería sacrificarla. Sigamos, y silencio.
El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal se frotaba las manos con visible fruición.
Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas siguientes:
—¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?
—Tal lo creo.
—¡Fuiste uno de los mejores patriotas!—gritó una mujer, arrebatada por el entusiasmo—¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero, te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza, luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo la verdad!
La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La Venganza, enardecida por las turbas, aulló:
—¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca!