Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas.

—Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla, ciudadano.

—Yo sabía—respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca distancia le estaba clavando con sus ojos—que el cautivo de quien hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco, Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro. Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel, es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de puño y letra del doctor Manette, al Presidente.

—Que se lea.

El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo miraba con amor a su mujer, y ésta miraba ora a él ora a su padre, y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así:

X.
LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA

«Yo, Alejandro Manette, médico desventurado, natural de Beauvais, y residente en París, escribo este doloroso documento en mi horrenda celda de la Bastilla en el mes último del año de 1767. Lo escribo aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades inmensas. Mi propósito es esconderlo en el interior del muro de mi tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras hayamos pasado al mundo del olvido.

»Trazo estos renglones con el óxido que he sacado de los enmohecidos hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes último del año décimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un átomo de esperanza. Fenómenos terribles que en mí mismo he observado me anuncian que muy en breve me abandonará también la razón, pero declaro solemnemente que en este momento me hallo en posesión plena de mis facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de mis palabras, tanto si llegan a ser leídas algún día por los hombres, como si están condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya mirada lee en el fondo de los corazones.

»Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el día veintidós del mes) del año 1757, hallábame yo paseando por un paraje retirado del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa, sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar ser atropellado, asomó en la ventanilla una cabeza, y una voz mandó al cochero que parase.

»Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llamó por mi nombre. No paró el coche frente a mí, sino a distancia bastante para que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observé que ambos iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro lado de la portezuela, reparé también en que los dos parecían ser de mi misma edad, quizá más jóvenes, y que se parecían mucho en estatura, movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros.