»—¿Es usted el doctor Manette?—me preguntó el uno.

»—Yo soy—contesté.

»—¿El doctor Manette, natural de Beauvais, joven médico y cirujano hábil y original, que desde hace uno o dos años es una verdadera notabilidad en París?—terció el otro.

»—Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes hablan con benevolencia excesiva—contesté.

»—Hemos estado en su casa—repuso el que había hablado primero,—y no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque sí la de que nos indicaran que probablemente estaría paseando por estos sitios, le hemos seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. ¿Tiene usted la bondad de entrar en el carruaje?

»El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre ellos y la portezuela del coche, y además, iban armados y yo no.

»—Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros—respondí,—pero es el caso que tengo por costumbre preguntar quiénes son las personas que me hacen el honor de pedir mis servicios y la índole del caso que hace necesaria o conveniente mi asistencia.

»Me contestó el que había hablado en segundo lugar:

»—Sus clientes, doctor, son personas de alta posición social. Por lo que se refiere a la índole del caso que hace necesaria su asistencia, la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para nosotros garantía de que ha de comprenderla usted sin necesidad de explicaciones nuestras, que seguramente resultarían deficientes. Creo que con lo dicho basta. ¿Tiene la bondad de montar?

»No me quedaba más recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra. Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el estribo el que entró el último. El coche dió media vuelta y partió a galope.