»Consigno aquí la conversación tal como fué; puedo asegurar que la repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginación y evitando que divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren, significan que suspendo la tarea para otra ocasión y que oculto el documento en el escondite abierto al efecto...
»El carruaje atravesó muchas calles, pasó por la Barrera Norte y no tardó en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de legua de la Barrera (no calculé entonces la distancia, pero sí cuando la volví a recorrer) dejó el coche el camino real, y momentos después hacía alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y avanzamos por un mullido paseo de un jardín, cubierto de hierba, en cuyo centro había corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien sonó la campanilla, y el que nos la franqueó, recibió un bofetón terrible de uno de mis acompañantes.
»Confieso que no me llamó la atención aquel acto, pues estaba muy acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompañantes era tan maravilloso, que desde luego los deputé por hermanos gemelos.
»Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardín, que encontramos cerrada y que abrió uno de los hermanos, cerrándola de nuevo luego que la franqueamos, venía yo oyendo gritos que tenían su origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujéronme en derechura a la habitación de la que partían los gritos, donde encontré tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral.
»Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven; seguramente no pasaba de los veinte años. Su hermosa cabellera ofrecía un aspecto de desorden tan completo, que entristecía el ánimo, y los brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observé que estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E.
»Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado en la estancia. Ocurrió que la enferma, cuya agitación era espantosa, se volvió boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en su boca, y vi que corría peligro de morir asfixiada. Separé, como es natural, la tira, y entonces fué cuando descubrí el escudito de armas bordado en ella.
»Volví boca arriba a la paciente, coloqué mi mano sobre su pecho a fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y miré su rostro. Su mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetían a gritos estas palabras: «Mi marido... mi padre... mi hermano». Luego contaba hasta doce, permanecía unos segundos escuchando con toda la atención de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar «Mi marido... mi padre... mi hermano», y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo hacía una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la voz había la menor variación.
»—¿Cuándo comenzó este estado de cosas?—pregunté.
»A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamaré al uno el hermano mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejercía mayor autoridad.