Desciende otra vez la cuchilla, y las mujeres cuentan; VEINTITRÉS.
Aquella noche, no se habla de otra cosa en la ciudad. Todos dicen que jamás vieron rostro humano que reflejase tanta calma, tanta serenidad de espíritu. Muchos añadían que su aspecto era sublime y que en sus ojos brillaba la luz profética.
Algún tiempo antes, una de las víctimas más notables de la guillotina, una mujer, había consignado por escrito, puesta sobre el tablado pavoroso, los pensamientos que la horrible máquina le inspiraba. Si Sydney Carton hubiese dado expresión sensible a los suyos, y éstos hubieran sido proféticos, habrían sido los siguientes:
«Veo a Barsad, a Cly, a Defarge, a La Venganza, a los Jurados, a los Jueces, a todos los nuevos opresores de la humanidad que se han alzado terribles para destruir a los antiguos, caer bajo la afilada cuchilla del instrumento justiciero. Veo que del fondo del negro abismo surge una ciudad hermosa y un pueblo instruído que, en sus luchas por la libertad verdadera, en sus triunfos y derrotas, expía, durante largos años, los horrores de la época actual y los de las épocas anteriores, y concluye por borrarlos.
»Veo las vidas de aquellos por quienes doy la mía, deslizándose tranquilas, prósperas y felices, en aquella Inglaterra que mis ojos no volverán a ver jamás. Veo a ella meciendo dulcemente en su regazo a un niño que lleva mi nombre. Veo a su padre doblegado bajo el peso de los años, pero prodigando hasta el último momento de su vida los auxilios de su ciencia a sus semejantes. Veo al buen anciano, que durante tantos años ha sido su amigo tierno y abnegado, enriqueciéndoles con todo cuanto posee y volando al mundo en que le espera la recompensa a que sus virtudes le hicieron acreedor.
»Veo que en sus corazones me han erigido un altar, y que este altar lo transmiten a sus descendientes, y que, muchas generaciones después, todos los descendientes de aquella familia querida rinden culto de gratitud sincera a la memoria del hombre que sacrificó su vida en aras de un afecto santo. La veo a ella, ya muy anciana, llorando por mí todos los aniversarios de mi muerte. La veo a ella y a su marido, durmiendo en la tierra el sueño último, y sé que, aun después de muertos, honran y enaltecen mi memoria.
»Veo al niño que ella mecía en su regazo y que lleva mi nombre hecho varón fuerte que se abre camino en el mundo dedicado a la carrera que fué mi carrera en otro tiempo, y se lo abre tan brillantemente, que los resplandores que ilustran su nombre ilustran también el mío. Veo borradas las manchas que empañaron el brillo de mi alma. Veo al ilustre abogado que lleva mi nombre, al que es el más justo de los jueces de la tierra, al que ha sabido conquistarse el respeto y la admiración de sus conciudadanos, ya viejo, muy viejo, teniendo sobre sus vacilantes rodillas a un niño de cabellos de oro, que también lleva mi nombre, y narrándole con voz balbuciente mi historia.
»Mil veces más hermoso es lo que hago ahora que lo que nunca hice.
»La santa dicha que ahora saborea mi alma no la hubiera encontrado jamás en la tierra.»