—Tengo una prima, mi único pariente, huérfana como yo, a quien quiero mucho. Tiene cinco años menos de edad que yo y vive en una casa de labor, por el Mediodía. La pobreza nos separó; ignora mi desgracia y yo no puedo escribirla... y, aunque pudiera... ¿qué iba a decirle? Mejor es así.

—Es verdad: mejor es así.

—Lo que he estado pensando mientras nos traían aquí, y lo que seguía pensando ahora, es lo siguiente: si en realidad la República ha de hacer la felicidad de los pobres, si gracias a ella padecen menos hambre y se alivian sus sufrimientos, mi prima puede vivir aún muchos años; hasta es posible que llegue a vieja.

—¿Y qué, mi querida hermanita?

—Si así es, ¿no te parece que se me hará muy larga la espera, allá en aquel mundo mejor en que confío ser misericordiosamente acogida contigo, en aquel mundo donde viviremos eternamente tú, ella y yo?

—No, hija mía, no; en aquel mundo mejor a que aludes, no existe el Tiempo ni tienen cabida los sufrimientos.

—¡Cuánto me consuelan tus palabras! ¡Soy yo tan ignorante! ¿He de besarte ya? ¿Llegó el momento?

—Sí, hija mía, sí.

La niña besa los labios de Sydney Carton y Sydney Carton besa los labios de la niña. No tiemblan sus manos al separarse. «Adiós». Rueda primero la cabeza de la niña... Las mujeres que hacen calceta cuentan VEINTIDÓS.

«Yo soy la Resurrección y la Vida; aquél que en Mí cree, aunque haya muerto, vivirá eternamente; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»