—Una.
La escena se repite varias veces, sin que las mujeres interrumpan su labor ni dejen de contar.
Sube al tablado fatal el supuesto Evrémonde, dando la mano a la desventurada niña, según la había ofrecido, a la que coloca de espaldas a la terrible cuchilla, que sube y baja sin interrupción.
—De no haber sido por ti, mi querido desconocido, no tendría yo la calma y resignación que tengo, pues soy una pobre niña y mi corazón es débil. Tampoco habría sabido elevar mis pensamientos hacia Aquél que murió por nosotros, a Aquél cuya misericordia es hoy mi única esperanza. Yo creo que son los Cielos los que te han enviado a mí en este día de prueba.
—Quizá seas tú el mensajero que los Cielos me han enviado a mí—replicó Carton.—Fija en mí tus ojos, niña querida, y no te acuerdes de nada más.
—Mientras tenga entre mis manos la tuya, estaré tranquila; y si al separarla para emprender el viaje, el golpe es rápido, tampoco temeré.
—El golpe será rápido; pierde cuidado.
Aunque se encontraban entre las demás víctimas, hablaban con tanta libertad como si hubiesen estado solos. Aquellos dos hijos de la Madre Universal, desconocidos hasta entonces el uno al otro, iban a hacer juntos el último viaje, a comparecer juntos ante el Creador, a reposar juntos en el Cielo.
—¡Valiente y generoso amigo!—exclamó la niña—¿Me permites que te haga una pregunta? Soy muy ignorante, y se trata de una cosa que me turba y mortifica... un poquito.
—Pregunta lo que quieras.