—¡Muera Evrémonde!—continúa gritando aquel bárbaro.
Evrémonde vuelve la cara hacia el que vocifera; ve al espía, le mira con atención, y prosigue impávido su camino.
Los relojes de la ciudad están para dar las tres, y el arado se desvía de la recta para llegar al sitio designado para las ejecuciones. Las líneas de cabezas humanas que flanqueaban hasta allí el surco abierto por el arado se agrupan en tropel rodeando a la guillotina que va a entrar en funciones. En primera fila, cómodamente instaladas en sillas, exactamente lo mismo que si estuvieran en el teatro, hay una porción de mujeres, que hacen calceta con verdadero ardor; entre ellas no era difícil ver a La Venganza, que parece inquieta y nerviosa.
—¡Teresa!—grita apelando a su registro más estridente.—¿Quién ha visto a Teresa... a Teresa Defarge?
—Es la primera vez que falta—contesta una de las trabajadoras.
—¡No... no faltará hoy tampoco...! ¡Teresa!—ruge La Venganza.
—Grita más—aconseja la mujer que habló antes.
¡Ah! Grita, Venganza, grita: ¡que por altos que tus gritos sean es difícil que te oiga! ¡Grita, Venganza, grita... no importa que acompañes tus gritos con maldiciones; que ni aquéllos ni éstas han de llegar a oídos de tu jefe! ¡Envía emisarios que la busquen por todas partes; que esos emisarios, aun cuando no puede negarse que han dado cima a empresas difíciles, es seguro que no han de ir a buscarla donde está! ¡Ha hecho un viaje demasiado largo!
—¡Mala suerte!—acalla La Venganza, pateando con furia—¡Y ya están aquí las carretas...! ¡Y Evrémonde será despachado sin que esté ella!
Mientras La Venganza llama a grito herido a Teresa Defarge, son descargadas las carretas. Los ministros de Santa Guillotina están vestidos y dispuestos a trabajar... Se oye un golpe, rueda una cabeza que inmediatamente alza en su mano uno de los ministros, y las mujeres, sin mirar apenas, continúan haciendo calceta, diciendo por todo comentario: