Rompen la marcha algunos jinetes de aspecto embrutecido a quienes los curiosos dirigen de vez en cuando preguntas. Sin duda éstas son siempre las mismas, pues a la contestación sigue invariablemente un movimiento de las turbas en dirección a la tercera carreta. Los jinetes de rostro embrutecido que cabalgan delante también señalan con frecuencia con la punta de sus sables a un hombre de los que la ocupan. El condenado en cuestión ha excitado la curiosidad general; todos desean saber quién es el hombre que, apoyada la espalda contra el respaldo de la tercera carreta, conversa con una muchachita sentada a su lado. No parece que le interese la escena ni que le importe nada de cuanto le rodea. En la calle de San Honorato gritan las turbas contra él; a los gritos contesta con una sonrisa y con movimientos enérgicos de cabeza que desordenan más sus largos cabellos, caídos sobre su cara, hasta la cual no puede llevar las manos, pues sus brazos están amarrados.

En lo alto de una escalinata de una iglesia espera el paso de la fúnebre comitiva el espía a quien Sydney Carton llamaba el mirlo del verdugo. Clava sus miradas en la primera carreta: no está allí. Mira con ansiedad a la segunda... Tampoco. Su rostro refleja el temor que comienza a invadirle, cuando, al escudriñar la tercera, sonríe complacido.

—¿Quién es Evrémonde?—pregunta un hombre colocado a su espalda.

—Aquel... el de la tercera carreta.

—¿El que habla con la chicuela?

—Sí.

—¡Muera Evrémonde!—vocifera inmediatamente el hombre en cuestión.—¡A la guillotina todos los aristócratas! ¡Muera Evrémonde!

—¡Calla.... calla...!—exclama con timidez el espía.

—¿Por qué he de callar?

—Porque va ya a pagar sus crímenes... Dentro de cinco minutos los habrá purgado... Déjale ahora en paz.