—He visto un relámpago, he oído un trueno; y el trueno fué lo último que oí en mi vida—explicó la señorita Pross.

—La encuentro completamente cambiada... ¿Qué habrá podido tomar para cobrar aliento? Porque la verdad es que no parece que tenga ni pizca de miedo... ¡El ruido de esas malditas carretas...! ¿Las oye usted, señorita?

—No oigo nada, absolutamente nada—contestó la buena Pross, reparando en el movimiento de los labios de su compañero.—Un relámpago, un trueno, y nada más.

—Si no oye el rodar de esas horribles carretas, opino que no volverá a oir nada en este mundo—murmuró Lapa.

No se engañaba. La señorita Pross quedó sorda para siempre.

XV.
LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE

Rebotan sobre el empedrado de las calles de París los vehículos de la muerte chirriando lúgubremente. Seis carretas llevan a la guillotina la ración de vino con que diariamente se entretiene su sed. Los monstruos devoradores, los monstruos insaciables que han forjado las imaginaciones humanas desde el instante primero de su actividad se han fundido en una realización única, y esta realización única se llama guillotina. Y, sin embargo, en Francia, con toda su rica variedad de clima y de suelo, no hay una brizna de hierba, una hoja, una raíz, un renuevo, susceptible de llegar a sazón y madurez bajo condiciones más favorables que aquellas que produjeron aquel horror. El día que martillos semejantes aplasten y machaquen a la humanidad, retorciéndola y borrando su forma, reaparecerá aquélla bajo las mismas formas violentas y contrahechas bajo las cuales reapareció entonces, el día que se siembre la semilla de la licencia rapaz y de la opresión, florecerán y sazonarán los mismos frutos que entonces florecieron y sazonaron.

Seis carretas ruedan chirriando a lo largo de las calles. ¡Transfórmalas en lo que antes fueron, tú, Tiempo, encantador poderoso, reintégralas a su forma y condición anterior, y las veremos trocadas en otras tantas carrozas soberbias de monarcas absolutos, en trenes de nobles feudales, en lujosas galas de deslumbradoras Jezabeles, en Sinagogas que han dejado de ser la Casa de Mi Padre para convertirse en cavernas de ladrones, en míseras chozas de millones de famélicos campesinos! No; el gran mago que majestuosamente trastorna el orden establecido por el Creador, jamás destruye sus transformaciones. «Si la voluntad de Dios te ha dado la forma que afectas, no intentes variarla; pero si la debes a pasajeras conjuras humanas, recobra la que recibiste del Altísimo,» dicen los magos a los seres encantados en los cuentos árabes.

Las ruedas sombrías de las carretas al dar vueltas sobre el empedrado semejan potente arado que abre un surco profundo entre el populacho que llena las calles, a uno y otro lado del que quedan cabezas humanas. Tan habituados están al horrendo espectáculo los vecinos de las casas, que en muchos balcones no se ve una sola cara, y es muy frecuente ver personas empleadas en alguna ocupación que no suspenden el movimiento de sus manos al paso de aquéllas, aunque sus ojos se vuelvan a las carretas para ver quiénes son los desgraciados que las ocupan.

Entre los que montan las fatídicas carretas, los hay que contemplan lo que les rodea con mirada impasible y los hay que concentran en ello un interés pasajero. Dan pruebas palpables unos de desesperación silenciosa haciendo el viaje postrero con las cabezas dobladas sobre el pecho, al paso que otros las llevan arrogantemente erguidas y dirigen a las turbas miradas de altivo desdén. Muchos meditan o procuran recoger sus pensamientos empeñados en vagar sin freno, y a ese fin cierran los ojos, mientras uno, uno solo, mísero ser de aspecto repugnante, parece tan enloquecido de terror, que canta y hasta intenta bailar. Las expresiones de los condenados varían hasta el infinito, pero ni uno solo despierta piedad en los diamantinos pechos del pueblo.