Al cruzar el puente, arrojó al río la llave de la casa. Llegó frente a la puerta de la catedral algunos minutos antes de la hora convenida con Lapa, y esperó, llena de terror, al pensar que acaso pescasen la llave que acababa de arrojar, y descubriesen a qué casa pertenecía, y abriesen la puerta, y encontrasen un cadáver, y la prendieran y condenaran a muerte por el delito de asesinato. Tales eran los pensamientos que la agitaban cuando llegó Lapa.
—¿Hay ruido en las calles?—preguntó la señorita Pross.
—El ordinario—respondió Lapa, no poco sorprendido tanto por la pregunta cuanto por el aspecto de quien la hizo.
—No le oigo... ¿Qué me dice?
En vano repitió Lapa una y otra vez lo que había dicho; la señorita Pross no le oía.
—¡Vaya!—pensó Lapa.—Me haré entender por señas.
—¿Hay ruido en las calles?
Lapa movió afirmativamente la cabeza.
—No oigo nada.
—¿Sorda como una tapia en una hora? ¡Es extraño!—pensó Lapa—¿Qué la habrá pasado?