—Mientras no averigües si están o no en esta habitación, no sabrás qué partido tomar—se dijo a sí misma la señorita Pross;—y yo te aseguro que no has de averigüarlo si en mi mano está impedirlo. Otra cosa; de aquí no has de salir mientras me queden manos con que sujetarte.

—No he encontrado hasta hoy muro capaz de cerrarme el paso; ten por seguro que te haré pedazos si no sales de esa puerta—rugió la tabernera.

—Estamos solas en una habitación interior de una casa solitaria y en un barrio solitario. No es probable que nos oigan. De aquí no saldrás, fiera, pues cada minuto que te detenga, vale un mundo para mi querida señorita.

La tabernera, perdida la paciencia, avanzó con paso resuelto hacia la puerta. La señorita Pross, guiada por el instinto de momento, la agarró con entrambos brazos por la cintura. En vano intentó resistirse y herir la primera, pues su antagonista, con esa tenacidad de gigante que da el amor, siempre más fuerte que el odio, no sólo la sujetó, sino que también la alzó del suelo entre sus brazos. Debatióse furiosa la Defarge, descargó bofetones y más bofetones sobre la cara de su enemiga, la arañó despiadada, pero la señorita Pross, que para defenderse había bajado la cabeza, estrechaba cada vez más el cerco de acero con que aprisionaba su cintura.

Las manos de la tabernera dejaron de golpear y bajaron a la cintura.

—No te molestes—dijo la señorita Pross;—está por bajo de mi brazo y no has de poder desenvainarlo. Soy más fuerte que tú, gracias a Dios, y no te soltaré hasta que caigas desmayada o muerta.

La señora Defarge llevó la diestra al seno. La señorita Pross vió el objeto que aquella mano sacaba. Rápida como un rayo alzó un brazo, descargó un golpe, y... brotó una llamarada, sonó un trueno, y retrocedió. La estancia quedó llena de humo.

Todo ello no duró más de un segundo. El humo principió a salir por la ventana, llevando entre sus negras espirales el alma de la mujer que yacía sin vida sobre el pavimento.

Lo terrible de la situación en que se veía, hizo que la señorita Pross, en el primer momento, intentara huir del cadáver y bajara corriendo la escalera con ánimo de pedir socorros innecesarios y tardíos; pero afortunadamente hízose cargo de las consecuencias a tiempo para detenerse y volver sobre sus pasos. Horrible era pasar sobre el cadáver, tendido a través de la puerta; pero pasó para recoger el sombrero y otros objetos que debía llevarse. Los sacó al descansillo de la escalera, cerró la puerta con llave, se sentó con objeto de dar salida por los ojos al espanto que la ahogaba, y ya más tranquila, se levantó y se fué.

Por fortuna para ella, el velo del sombrero era bastante tupido, pues en caso contrario, lo probable es que la hubieran detenido en la calle. Por fortuna para ella, era tan fea, que los arañazos profundos que en la contienda había recibido no dejaron en su cara las huellas que en otro rostro más favorecido por la naturaleza habrían dejado.