—¡Imbécil... cara de marrana hambrienta!—barbotó.—¡Quiero ver a la mujer de Evrémonde! ¡O vas ahora mismo a decírselo, o te separas de esa puerta y me dejas paso franco!

—Nunca me imaginé que pudiera hacerme falta entender esa lengua estúpida que hablas; pero la verdad es que daría ahora mismo todo lo que tengo, excepto la camisa que llevo puesta, por saber si sospechas toda la verdad o parte de ella.

Las dos mujeres se clavaban mutuamente con la vista. La tabernera, que hasta aquí no se había movido del sitio en que la vió la señorita Pross cuando se lavaba los ojos, avanzó un paso.

—Soy bretona y estoy furiosa—dijo la señorita Pross.—Mi vida me importa un rábano. Sé que cuanto más tiempo te detenga, más aseguro la salvación de mi señorita... Como te acerques, yo te aseguro que no te dejo un pelo en esa cabeza.

Era el valor de la señorita Pross de índole sentimental, un valor que llenó de lágrimas sus ojos. Poco práctica la tabernera en fenómenos de sentimiento, tomó las lágrimas por debilidad.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y qué poco vales!—exclamó.—No quiero nada contigo... ¡Ciudadano doctor!—gritó.—¡Mujer de Evrémonde, hija de Evrémonde! ¡Contestad a la ciudadana Defarge, miserables habitantes de esa casa!

Acaso el silencio que siguió a sus gritos, acaso la expresión de la señorita Pross, acaso presentimientos nacidos en su negra alma, sugirieron a la tabernera la sospecha de que las personas cuya sangre buscaba habían huído. El hecho fué que de las cuatro puertas que tenía la habitación en que se encontraba, abrió tres y miró al interior de las estancias a las cuales daban acceso.

—¡Todo lo veo en desorden, en estas habitaciones no hay nadie, y sospecho que también está desierta la que tú guardas! ¡Quiero reconocerla!—gritó.

—¡Nunca!—respondió la señorita Pross, quien entendió las palabras de la tabernera tan bien como ésta entendió su respuesta.

—Si no están en esa habitación, se han ido; y aun es tiempo de perseguirlos y de darles alcance—pensó la Defarge.