Con mirada llameante siguió la tabernera Defarge todos los movimientos de la señorita Pross, fijándolos en su cara luego que la vió inmóvil junto a la puerta.
Limpia de toda clase de atractivos físicos estaba la señorita Pross. Los años no habían amansado su rústica rudeza ni suavizado la hosquedad ceñuda de su cara. Era al propio tiempo mujer resuelta, los peligros personales no la asustaban, y lejos de amilanarse al ver a la señora Defarge, midióla de alto abajo con una mirada de profundo desdén.
—Por tu aspecto, podrías ser la mujer del mismísimo Lucifer—se dijo para sus adentros la señorita Pross.—Pero si crees que me das miedo, te equivocas; soy inglesa.
Contemplábala la tabernera con el desprecio en la mirada, aunque comprendiendo que se encontraba frente a un enemigo de cuidado. Sabía muy bien que la señorita Pross era capaz de perder la vida por la familia del doctor, de la misma manera que la señorita Pross sabía que la tabernera Defarge era capaz de todo lo malo tratándose de la familia indicada.
—Iba al lugar donde tengo reservada una silla—dijo la Defarge, extendiendo un brazo en dirección al sitio donde estaba emplazada la guillotina,—y de paso, he querido dar mi enhorabuena a la mujer de Evrémonde. Necesito verla.
—Sé que tus intenciones son malas, y puedes contar desde luego con la seguridad de que encontrarás en mí quien se oponga a que las realices—replicó la señorita Pross.
Cada cual hablaba en su lengua patria. Ni la tabernera entendía una palabra de las pronunciadas por la señorita Pross, ni ésta las pronunciadas por aquélla. Sin embargo, acechábanse mutuamente con mirada tan intensa, que sus gestos, su expresión, hacían inteligibles las palabras que nada decían a sus oídos.
—Peor para ella si no me la dejas ver ahora mismo—repuso la tabernera.—Los buenos patriotas sabrán muy pronto lo que eso significa. Quiero verla... necesito verla... Ve y dila que no me voy de aquí sin verla. ¿No me oyes?
—Te empeñas en quedarte sin ojos, y lo vas a conseguir—replicó la señorita Pross.—Mírame, mírame con esos ojos de bestia feroz, pero no me tientes el bulto, que tengo malas pulgas. Puede que vengas por lana y dejes la tuya entre mis uñas.
Claro que la Defarge no entendió palabra de las frases que quedan copiadas, pero sí se dió cuenta cabal de que su interlocutora se negaba en redondo a obedecer sus mandatos.