—Me parece inmejorable, señorita.
—Entonces, lléguese a la casa de postas, y dé las órdenes convenientes.
—Lo único que me intranquiliza—dijo Lapa rascándose la cabeza,—es dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder.
—Sólo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por mí. Espéreme con el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo más cerca que le sea posible, que desde luego será menos expuesto a contratiempos que si saliéramos de aquí. ¡Que Dios le bendiga, señor Lapa! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras más preciosas que probablemente dependen de las nuestras.
Estas palabras, y la actitud de la señorita Pross, que tendía hacia él sus manos suplicantes, acabaron de decidir a Lapa, quien salió inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisión.
No contribuyó poco a tranquilizar a la señorita Pross ver en camino de ejecución las medidas de precaución adoptadas. También halló consuelo en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en las calles una atención que podía ser peligrosa. Consultó el reloj y vió que eran las dos y veinte. No podía perder tiempo.
Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas, temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores indecibles, la señorita Pross puso agua fría en una jofaina y principió a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por sus aprensiones, a cada segundo interrumpía el lavatorio para dirigir en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones, retrocedió y lanzó un alarido penetrante, pues, en realidad, descubrió a una persona que de pie, en el centro de la habitación, la estaba mirando.
La jofaina se hizo mil pedazos y el agua derramada llegó a besar los pies desnudos de la tabernera Defarge. Aunque parezca extraño, aquellos pies, que iban a buscar sangre, se encontraban con agua.
—¿Dónde está la mujer de Evrémonde?—preguntó la tabernera con frialdad.
Rápida como el rayo penetró en la mente de la señorita Pross la idea de que, la circunstancia de que estuvieran abiertas de par en par todas las puertas, haría sospechar propósitos de fuga. Comenzó, pues, por cerrarlas todas, y a continuación, se colocó frente a la puerta que daba acceso a la habitación que hasta aquel día había ocupado Lucía.