—¡Maldigo—prosiguió el señor Lapa con mayor solemnidad que nunca—maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que rezan y se pasan el tiempo de rodillas! ¡Maldigo a todos los mortales que en este mismo momento no están de rodillas y rezando para que el Señor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos! ¡Maldigo, señorita... maldigo...!
El buen Lapa bajó la cabeza después de buscar en vano durante una porción de segundos otra cosa que maldecir.
—Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra patria—contestó la señorita Pross,—puede usted abrigar la seguridad más absoluta de que repetiré a la señora Lapa cuanto usted acaba de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo momento me encontrará dispuesta a dar testimonio de sus excelentes propósitos... ¡Pero pensemos, señor Lapa.... pensemos!
Al cabo de largo rato de profunda meditación, dijo la señorita Pross:
—¿No le parece acertado, señor Lapa, dar orden de que el coche, en vez de venir aquí, espere en cualquier parte? Si mi proposición le agrada, podría salir usted a dar el aviso, y yo acudiría al punto que conviniéramos.
Jeremías Lapa contestó que el plan le parecía acertado.
—¿Dónde podrían esperarme?—preguntó la señorita Pross.
Tan aturdido estaba el señor Lapa, que no se le ocurrió indicar lugar más a propósito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto al Banco Tellson.
¡Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de la casa.
—Junto a la puerta de la catedral—dijo la señorita Pross.—¿Le parece a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres?