—Mi opinión, señorita, es que tiene usted razón—contestó Lapa—También opino que siempre apoyaré lo que usted diga, tanto si tiene razón como si se equivoca.
—Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte que puedan correr nuestros señores—repuso la señorita Pross llorando desconsoladamente,—que soy incapaz de formar ningún plan racional. Y usted, señor Lapa, mi querido señor Lapa, ¿se siente con capacidad bastante para formar algún plan medianamente racional?
—Con respecto a la vida futura, señorita, creo que sí—respondió Jeremías Lapa;—pero con respecto al uso presente de esta bendita cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. ¿Quiere usted hacerse cargo, señorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer, como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos?
—¡Dios nos tenga de su mano!—exclamó la señorita Pross, llorando a grito herido.—Vengan en seguida esos votos o promesas, hágalos sin perder instante como buen cristiano que es.
—Lo primero que prometo—dijo Lapa temblando como un azogado y con expresión patética,—lo primero que juro, es no volver a hacer nunca más algunas cosillas que antes hacía... No; nunca más.
—Bien segura estoy, señor Lapa, de que no ha de hacerlas nunca más, sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar.
—No, señorita; no las mencionaré. Lo segundo que prometo, lo segundo que juro, es no volver a mezclarme más en los rezos de la señora Lapa. No; nunca más la impediré que se pase la vida entera de rodillas.
—Hará usted muy bien.—contestó la señorita Pross, secando las lágrimas que la cegaban.—Deje que de las cosas del hogar cuide su señora... ¡Oh... mi pobre señorita!
—Creo conveniente hacer constar, señorita—repuso Lapa cual si estuviera hablando desde lo alto de un púlpito,—y desearía que usted transmitiera mis palabras a la señora Lapa, que mis opiniones con respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi alma desearía que la señora Lapa estuviera de rodillas y rezando en este instante.
—¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, y ojalá el Cielo escuche benigno sus oraciones!