—Con toda mi alma obedeceré las órdenes de mi jefe—contestó La Venganza, besando a la tabernera en la mejilla.—¿Tardarás mucho?

—Allí estaré antes que comience la función.

—Procura llegar antes que las carretas—replicó La Venganza.

La tabernera salió del taller a buen paso, no tardando en perderse de vista.

Muchas fueron en aquella época las mujeres cuyas siluetas morales no es posible contemplar, no obstante la distancia del tiempo, sin horror y asco; pero entre ellas, no hubo ninguna tan inhumana, tan feroz, tan despiadada, como la que dejamos en este instante dirigiéndose al domicilio del desventurado doctor Manette. Era mujer inaccesible al miedo, inflexible, inteligente, astuta y resuelta, dotada de esa hermosura especial que infiltra en el ánimo de quien la posee firmeza y animosidad que fuerza a los demás a rendir homenaje instintivo a las cualidades expresadas. De haber vivido en época menos conturbada, de haberse movido en otro teatro, quién sabe si hubiese sido la gloria de su sexo; pero víctima desde niña de las injusticias sociales, crecida en una atmósfera de odio implacable de clase, se convirtió en tigre. Desconocía en absoluto la piedad; y si alguna vez anidó en su alma la virtud, habíala extirpado muchos años antes no dejando de ella ni rastros.

¿Qué importaba que muriera un inocente por pecados cometidos por sus antepasados? Su furia implacable no veía al primero, sino a los últimos. Ni tenía importancia dejar viuda a una infeliz mujer o huérfana a su hija; antes bien conceptuaba insuficiente el castigo desde el momento que se trataba de sus enemigos naturales, de su presa, de seres que no tenían derecho a vivir. Intentar aplacarla, era inútil, pues carecía de la facultad de compadecerse, no ya solo de los demás, sino hasta de sí misma. Si en alguno de los muchos encuentros en que tomó parte hubiese caído bajo la mano de sus enemigos, hubiera aceptado su desgracia como cosa natural y corriente, y si la hubiesen obligado a subir la escalera fatal que terminaba en la guillotina, habría tendido su cuello sin que en su fiera alma nacieran otros sentimientos que un deseo rabioso de cambiar de puesto con el hombre que allí la enviara.

Tal era el corazón que palpitaba bajo el tosco vestido de la señora Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera ofreciera un aspecto lúgubre como no dejaba de ofrecer algún atractivo su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en la cintura una daga de hoja larga y afilada. Así ataviada, caminando con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer que desde niña ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos, desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrás calles y más calles.

Fuerza será que hagamos una pequeña digresión, a fin de aclarar algunos puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior, cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos, fué para él motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar consigo a la señorita Pross. No sólo era muy de desear evitar excesos de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino también reducir al mínimum el tiempo que en la Barrera emplearían para examinar los documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvación de todos podía depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes y las ventajas, había propuesto dejar a la señorita Pross y a Jeremías Lapa, que podían salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de los carruajes más ligeros entonces conocido. Libres del engorro de equipajes, no tardarían en dar alcance a los señores, y hasta en dejarlos rezagados.

La señorita Pross aceptó con alegría una proposición que la deparaba oportunidad de prestar algún servicio de importancia a las personas queridas. Ella y Jeremías habían conocido a la persona que su hermano Salomón había traído desmayada en un coche, habían despedido a los viajeros, habían pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban haciendo los últimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente.

—¿Qué opina usted, señor Lapa?—preguntó la señorita Pross, cuya agitación era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni permanecer en pie, ni vivir.—¿Qué opina usted de nuestro viaje? La salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar sospechas; así lo temo, al menos.