La Venganza y Santiago Tercero demostraron claro como la luz del sol que, lejos de ser testigo falso, siempre había sido espejo de testigos admirables y maravillosos, y el ciudadano aserrador, no queriendo quedar atrás, protestó ante el cielo y la tierra que la señora Defarge era un testigo celestial.
—¡Que se cumpla su destino!—dijo la tabernera.—No; no puedo perdonarle... Supongo, ciudadano, que para las tres de hoy no puedes disponer de tu persona, pues creo que no te privarás del gusto de contemplar la hornada del día, ¿eh?
Contestó inmediatamente el aserrador que por nada del mundo se privaría de tan hermoso espectáculo, lo que le dió pie para añadir que era el republicano más fervoroso, y que se consideraría el más desolado de los republicanos, si algún día le impedían fumar su pipa mientras contemplaba el hermoso funcionamiento de la Navaja Barbera Nacional.
—También asistiré yo—respondió la tabernera.—Luego que termine la función... a las ocho... sí; es buena hora... a las ocho vendrás a buscarme a San Antonio para delatar a esos individuos en mi sección.
Contestó el aserrador que sería para él honor altísimo y viva satisfacción acudir a la cita que le daba la ciudadana.
La señora Defarge se acercó a la puerta del taller, llamó por medio de una seña a Santiago Tercero y a La Venganza, y luego que estuvieron éstos a su lado, expúsoles con toda claridad sus puntos de vista.
—Seguramente se encuentra en este instante en su casa, esperando la noticia de la muerte de su marido—dijo.—En su dolor y desesperación, no sólo llorará la desgracia que la aflige, sino que también censurará la justicia de la República. Todas sus simpatías estarán de parte de los enemigos del pueblo; así, que voy sin pérdida de momento a verla.
—¡Qué mujer tan admirable! ¡Qué patriota tan adorable!—exclamó Santiago Tercero, cuyo entusiasmo llegó a lo indecible.
La Venganza la abrazó llorando en un rapto de admiración.
—Toma mi calceta—repuso la señora Defarge, depositándola en manos de La Venganza,—y ténmela preparada en mi asiento de costumbre. Vete allí en derechura, no pierdas tiempo, pues es casi seguro que hoy haya más concurrencia que de ordinario.