Obedeció, temblando, el aserrador, quien se presentó con el gorro rojo en la mano.
—Respecto a las señales que viste que aquella mujer hacía a los prisioneros, ¿estás dispuesto a sostenerlas con tu declaración en cualquier momento, ciudadano?—preguntó la tabernera.
—¿Por qué no? Desde aquí la he visto todos los días, lluviosos o serenos, fríos o calurosos, desde las dos de la tarde hasta las cuatro, unas veces con la niña, otras sola, y siempre haciendo señales. Estos mismos ojos lo han visto.
Mientras hablaba, hacía con las manos gran variedad de señas que jamás había visto.
—Complots... maquinaciones... es indudable—respondió Santiago Tercero.
—¿Podemos contar con el jurado?—preguntó la tabernera.
—En absoluto. Es un jurado patriota, ciudadana. Respondo yo de todos los que lo forman.
—Otra cosa...—añadió la tabernera, meditando.—Veamos..... ¿Puedo perdonar al doctor en obsequio a mi marido? A mí me es igual... el doctor me es indiferente... ¿Puedo perdonarlo?
—Sería una cabeza más—observó Santiago Tercero.—Principian a escasear las cabezas... dentro de poco escasearán más aún... Yo creo que sería una lástima perdonarlo.
—Cuando yo le encontré frente al sitio donde estamos, hacía las mismas señas que su hija—dijo la señora Defarge.—Si hablo de la una, forzosamente he de hablar del otro. Por otra parte, no me es posible callar, así es que, descargo toda la responsabilidad del caso sobre este ciudadano. El declarará lo que quiera. De mí, lo único que puedo decir es que nunca seré testigo falso.