—No lo hay mejor en toda Francia—respondió con calor La Venganza.

—Calma, mi querida Venganza—replicó la tabernera, poniendo una mano sobre el brazo de su tenienta y frunciendo ligeramente el ceño.—Antes de emitir opiniones, conviene que escuches lo que voy a decir. Mi marido, como ciudadano, es un buen republicano y un hombre de valor; ha merecido bien de la República y posee su confianza; pero mi marido tiene sus debilidades, y una de las mayores, la mayor seguramente, es la de querer al doctor.

—¡Es una desgracia!—exclamó Santiago Tercero, moviendo con expresión enigmática la cabeza.—Esas debilidades desdicen de un buen ciudadano... ¡Qué lástima!

—Lo que menos me importa a mí es el doctor—repuso la tabernera.—Por mí, puede llevar la cabeza sobre los hombros, o perderla; me es completamente igual; pero la raza Evrémonde ha de ser exterminada, ha de desaparecer de la tierra, y como consecuencia, la esposa y la hija deben seguir al otro mundo al marido y al padre.

—Y que tiene una cabeza hermosa si las hay; una cabeza que está pidiendo a gritos la Guillotina—contestó Santiago Tercero.—No hay nada que entusiasme tanto como ver pendiente de las manos de nuestro buen Sansón una cabecita de ojos azules y cabellos de oro.

La señora Defarge bajó los ojos y permaneció en actitud reflexiva durante algunos momentos.

—También tiene cabellos de oro y ojos azules la niña—repuso Santiago Tercero.—Además, pocas veces se nos concede el placer de ver sobre el tablado niñas de sus años. Será un espectáculo soberbio.

—Hablando con franqueza—dijo la tabernera sacudiendo su abstracción,—en este asunto no me merece confianza mi marido. No sólo estoy convencida desde anoche de que no debo confiarle los detalles de mis proyectos, sino también de que, a poco tiempo que perdamos, es muy capaz de advertirles del peligro que corren, en cuyo caso, se nos escapan.

—¡No escaparán, no... ni uno ni medio!—gruñó Santiago Tercero.—¡Caerán todos, hasta el último! ¡Es preciso llegar a sesenta diarios!

—En una palabra—añadió la tabernera,—ni mi marido tiene las razones que yo para exigir el exterminio total de esa raza, ni yo tengo las razones que él para tratar con consideración al doctor. De consiguiente, debo prescindir de él y obrar por mi cuenta. Puedes entrar, ciudadano—terminó dirigiéndose al aserrador.