—No comprendo.

—¿Cuántos han besado hoy la Santa Guillotina?

—Cincuenta y dos.

—¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos de aquí despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina marcha admirablemente... ¡Bien por la Guillotina...! ¡Viva la Guillotina...! ¡La adoro...! ¡Adelante!

Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras inteligibles. Cree que continúa al lado de Carton y le pregunta qué es lo que tiene en la mano...

¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de los fugitivos!

Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie más corre en su seguimiento.

XIV.
FIN DE LA CALCETA

A la hora misma en que los cincuenta y dos esperaban el momento de trabar relaciones demasiado estrechas con la Guillotina, celebraban siniestro consejo secreto la señora Defarge, La Venganza y Santiago Tercero. La conferencia no tenía lugar en la taberna, sino en el taller del aserrador de leños, peón caminero en otros tiempos, y a ella no fué admitido el aserrador, sino obligado a permanecer fuera, a distancia respetable.

—De todas suertes, nuestro Defarge es un buen republicano, ¿eh?—preguntó Santiago Tercero.