—Salud, ciudadanos... Pasó el primer peligro.

—¿No le parece que caminamos demasiado despacio?—preguntó Lucía llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry.

—Si corriéramos más, parecería que huíamos; no conviene; excitaríamos sospechas.

—Vuelva la vista atrás... ¿No nos persiguen?

—No, querida mía, no; hasta ahora no nos persiguen.

Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisos que bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, tenerías en ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de árboles sin hojas. Corren por caminos ásperos y desiguales, cruzando malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascándose en profundos lodazales. Su impaciencia, su agonía es tan grande, que no ven nada, en nada reparan, en nada piensan más que en llegar cuanto antes al puerto de salvación.

Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la vertiente opuesta, entran en terrenos menos áridos... ¡Dios santo! ¡Los persiguen!

—¡Ah del coche...! ¡Alto!

—¿Qué pasa?—pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela.

—¿Cuántos han sido hoy?