—Dame un beso, hija de Evrémonde... Has besado a un buen republicano, cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado, inglés... ¿Quién es?
—Este que yace tendido en el fondo del coche.
—¿Va desmayado el abogado inglés?
—Sí... su salud está muy quebrantada, pero el aire puro le sentará indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido la desgracia de incurrir en el desagrado de la República.
—¿Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el desagrado de la República, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero, inglés... ¿Quién es el banquero?
—Yo; no puede ser otro, puesto que nadie más queda en el coche.
Mauricio Lorry era el que había contestado a las preguntas anteriores, Mauricio Lorry el que había echado pie a tierra y, apoyada la diestra en la portezuela del carruaje, respondía al interrogatorio del encargado de la vigilancia de la Barrera.
—Toma tus documentos, Mauricio Lorry... ¡Refrendados!
—¿Podemos proseguir la marcha?
—Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje.