No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones particulares del buen Lapa, ni pasaban de dos, contando como una un ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora, y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve, brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el almuerzo.
Roncaba el señor Lapa bajo las colchas de la cama como roncar pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al fin comenzaron a agitarse las colchas, Lapa se revolvió con aire inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó su propietario con voz exasperada.
—¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!
Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón, donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del durmiente.
—Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?—repuso Lapa, alargando un brazo en busca de una bota.
La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso que el señor Lapa volvía muchas veces a su casa, después de terminado su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que, al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo.
—¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?—gritó el melifluo Lapa, después de errar el tiro.
—Rezaba.
—¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones, pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí?
—No rezo contra ti, sino por ti.