—No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que constituye su alimento! ¡Qué te parece!
Muy mal debió parecerle al digno retoño del señor Lapa lo que éste insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que con su alimentación personal tuviera relación.
—¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus rezos?—repuso el marido, con insistencia inconsciente.—Dime: ¿qué valor concedes a tus oraciones?
—Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito.
—¡Su único mérito!—repitió el señor Lapa.—¡Poco valen, entonces! De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no lo aguanto—añadió, dirigiéndose a su costilla.—Soy más bruto que un coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo, o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo, me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata de los infiernos!
El señor Lapa, lanzando de tanto en tanto frases de indignación, emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto, cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía.
—¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla!
Ni con el almuerzo se dulcificó el humor de Lapa, antes bien pareció que acrecentaba su animosidad contra su mujer.
—¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada?
Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del Cielo.