—Sí... señor—contestó con cierto retintín el interrogado.—Conozco el Bailey.

—Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad?

—Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey.

—Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad.

—¿Hasta la Sala de Justicia?

—Hasta la Sala de Justicia.

—¿He de esperar en la Sala, señor?

—Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre, procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry le necesite.

—¿Nada más?

—Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier momento dado es usted.