Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el sobrescrito, el buen Lapa, que le contempló sin despegar los labios hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó.
—¿Fallan hoy alguna causa por falsificación?
—Por traición.
—¡Descuartizamiento seguro!—exclamó Lapa.—¡Qué barbaridad!
—Es la ley—replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia Lapa,—la ley, y nada más que la ley.
—Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos, lo encuentro feroz.
—Procure hablar bien de la ley, amigo mío—repuso el empleado.—Guarde para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido.
—¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi lengua!—exclamó Lapa.—A su consideración dejo el juzgar si el que gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede tener sellados los labios.
—Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha.
Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió.