Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente pálidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre. También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever; éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo que ha existido fué injusto».
Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre abiertas de par en par.
Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al mensajero.
—¿Qué hay?—preguntó al primer hombre que encontró.
—Nada todavía.
—¿Qué habrá luego?
—Una vista por traición.
—Descuartizamiento seguro, ¿eh?
—¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia.