—Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir.
—¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado!
El señor Lapa prestó entonces atención al guardián de la puerta, a quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió el señor Lapa, así como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse.
—¿Qué papel representa ése en el proceso?—preguntó a Lapa el individuo a quien antes había preguntado éste.
—Que me aspen si lo sé.
—Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa usted?
—Que me descuarticen si lo sé tampoco.
Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con el prisionero.
Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero, todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie, otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos curiosidad demostraba Jeremías Lapa, quien se erguía semejante a un pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza—había tomado un vaso durante el camino,—las que se mezclaban con las que partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y de te.
El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años, buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero. Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y castaño, caía sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó: