¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro.

¡Silencio en la Sala!

—Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta, Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte.

Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había conseguido adquirir Jeremías Lapa.

El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento, como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y contra la atmósfera viciada que allí se respiraba.

Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos. Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que, al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga eléctrica.

Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no volviera los ojos.

Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa, sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo, pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija, por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la primavera de la vida.

Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído.

No dejó de preguntar Jeremías Lapa a su vecino, a cuyos perspicaces ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído.