—Son testigos.

—¿De cargo?

—Testigos en contra.

—¿En contra de quién?

—Del reo.

El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento que el fiscal de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso.

III.
DECEPCIÓN

El señor fiscal de la Corona manifestó en su informe que el acusado, aunque joven en años, era tan viejo en actos alevosos y prácticas de pérfida traición, que se imponía la necesidad de acabar con su vida. «Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo público—dijo—no datan de ayer, ni de anteayer, ni del año pasado, ni de dos años atrás. Desde fecha mucho más remota viene el reo haciendo viajes constantes entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni él mismo ha sabido explicarnos satisfactoriamente. ¡Ah! Si el Cielo, en su alta sabiduría, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habrían dado sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspiró a una persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror, se apresuró a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendréis ocasión de conocer a ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Había sido amigo íntimo del traidor, pero no bien descubrió sus infamias, decidió inmolar una amistad, que ya no podía conservar en su pecho, en el altar sacrosanto del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han sacrificado sus más vivas afecciones, no cabe dudar que tendrá la suya ese ciudadano eminente. La virtud, según han afirmado infinidad de poetas, cuyos nombres no citaré porque todos mis oyentes los tienen en la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo, la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues, de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia, se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en él la santa resolución de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los bolsillos de su señor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos más secretos. No faltarán detractores que claven sus dientes en la reputación de este criado admirable, maldicientes que expongan en la picota pública pecadillos de su vida pasada, pero aun así he de protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto, he de decir que me merece más consideraciones que mis mismos hermanos, más consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar que lo propio harán los que me escuchan. Las declaraciones de los dos testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo serán exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero poseía relaciones numéricas de las fuerzas militares de Su Majestad, estados explicativos de la disposición y preparación de las mismas, y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de puño y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa, y en todo caso, será circunstancia agravante, puesto que pondrá de relieve la artera malicia del acusado. A cinco años se remontan las pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya vendía a la patria semanas antes de haberse reñido la primera batalla entre las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirán necesariamente en el ánimo del Jurado, si es Jurado leal, como me consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo, para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor. ¡Ah, señores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la Corona os pide por lo más sagrado, por lo que más caro os sea, por el juramento que habéis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero por ahorcado, decapitado y descuartizado.»

Cuando el fiscal de la Corona cesó de hablar, llenaron la Sala sordos murmullos. No parecía sino que el aire se había llenado de enjambres de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras del estado en que no tardarían en encontrarle. Cuando se extinguieron los zumbidos, apareció en la tribuna de los testigos el ciudadano impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona.

El señor procurador general, ateniéndose estrictamente a las instrucciones de su jefe, examinó entonces al patriota. Llamábase Juan Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada resultó ser la que el señor fiscal de la Corona había expuesto sucintamente en su acusación. Luego que hubo contestado las preguntas que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa distancia del señor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al techo.