Dominó al fin la pendiente el pesado carromato: los fatigados caballos hicieron nuevo alto para tomar aliento y el guarda saltó al camino para echar los frenos a las ruedas y abrir la portezuela a fin de que montasen los viajeros.
—¡Pepe!—murmuró el postillón, bajando la cabeza y la voz.
—¿Qué hay, Tomás?—contestó el guarda.
—Me parece que se nos acerca un caballo al trote, Pepe.
—A mí me parece que viene a galope, Tomás—replicó el guarda, soltando la portezuela y encaramándose de un salto a su sitio.—¡Caballeros, favor al Rey y a la Justicia!
Lanzado el llamamiento, empuñó su arcabuz y permaneció a la defensiva.
Hallábase el viajero a quien se refiere esta historia sobre el estribo, dispuesto a entrar en la diligencia, y los dos restantes continuaban en la carretera dispuestos a seguirle. El primero continuó en el estribo, y como consecuencia, sus dos compañeros de viaje hubieron de permanecer en la carretera. Los tres paseaban sus miradas desde el postillón al guarda y desde el guarda al postillón, y escuchaban. El postillón había vuelto atrás la cabeza, el guarda hizo lo propio, y hasta el caballo delantero aguzó las orejas y miró atrás, para no ser nota discordante.
El silencio consiguiente a la cesación del rodar del vehículo, añadido al silencio de la noche, hizo que en la cima de la colina reinara un silencio solemne. El jadear de los caballos comunicaba al coche un movimiento trémulo que le daba apariencias de monstruo dominado por intensa agitación. Latían con fuerza tal los corazones de los viajeros, que probablemente no hubiera sido imposible oir sus latidos, pero si esto no, al menos la quietud solemne de la escena evidenciaba que sus personajes contenían el aliento, o no le tenían para respirar, y que sus pulsaciones eran rápidas por efecto de la expectación.
Retumbaban en el silencio de la noche los cascos del caballo que subía la rampa a galope furioso.
—¡Eh! ¡Alto quien sea!—rugió el guarda con voz de trueno.—¡Alto, o hago fuego!