—¿Qué espera usted, señor Darnay?—preguntó Carton, medio vuelto de espaldas a su interlocutor.

—Lo peor.

—Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente será. Sin embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza.

Jeremías Lapa se alejó sin oir más. Allí, debajo del gran espejo que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se refería.

Transcurrió lenta, pesada, eterna, hora y media más. El mensajero del Banco, después de tomar su refrigerio, se había sentado y dormido en un banco, cuando le envolvió el oleaje humano que clamoroso invadía nuevamente la Sala.

—¡Jeremías... Jeremías!—gritó el señor Lorry, procurando acercarse a la puerta.

—¡Aquí estoy, señor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero volver a entrar!

Lorry extendió un brazo y le entregó un papel.

—¡Volando...! ¿Lo tiene ya?